La pesada herencia del Chacho
Defendido a capa y espada por un ala de perredistas y sujetos que se han disfrazado de perredistas en el Congreso del Estado, Juan Ignacio García Zalvidea ha sido una carga que representa todo el desprestigio que puede acumular un hombre dentro y fuera de la política, a grado tal que aun en las filas del PRI su presencia sería una afrenta.
El reciente escándalo estalló de nuevo en el Ayuntamiento de Cancún que tendrá que remar contra la corriente, ya que seis de sus cuentas fueron aseguradas por un supuesto adeudo que Juan Ignacio Chacho Zalvidea contrajo con un particular a su paso por la alcaldía y al margen del Cabildo y sobre todo de la decencia.
Sin embargo, es injusto atribuir todos los actos reprobables a García Zalvidea, ya que contó con un equipo de colaboradores que inexplicablemente fue perdonado por los brazos justicieros del estado.
Y si por un lado predominó la política del perdón institucional a ese equipo que apoyó al Chacho en su tarea devastadora, por el otro el PRD se colgó de esa figura dándole la categoría de perseguido político y opositor de buena crianza, cuando todo mundo sabía que era lo contrario.
Hasta ahora el ayuntamiento de Benito Juárez no ha podido salir del pozo de compromisos financieros contraídos en lo oscurito por García Zalvidea y compañía, pero esa posición no ha dejado de ser atractiva para el puñado de aspirantes a relevar al priista Francisco Alor Quezada, cuyo partido aprovechó a principios de 2005 los yerros monumentales de un perredismo repleto de avaricia y de exceso de confianza.
Por supuesto, no dudo que algunos perredistas descalifiquen la mala nueva que recibió el Ayuntamiento del norte, señalando que se trata de una jugada perversa destinada a desprestigiar a su desinflado dirigente estatal.
Esto no debe sorprender, ya que este perredismo que conocemos ha sido enemigo de la autocrítica.
Convergencia y PRI en el Congreso
Para cerrar el capítulo del Congreso del Estado, es obligada una evaluación del desempeño de las bancadas del PRI y Convergencia, ya que ayer presenté un somero balance de panistas y perredistas.
En el caso del PRI, sus diputados han demostrado que no pueden navegar sin mantener el control de la Presidencia de la Gran Comisión del Congreso, conservada por ellos ininterrumpidamente hasta principios de 2005.
Considero que los priistas han sido a lo largo de su historia dependientes por completo del Ejecutivo, y su excesiva institucionalidad los ha hundido en el anonimato en esta ocasión.
Efraín Villanueva Arcos, coordinador de la bancada priista, no se conformó con el liderazgo de una bancada que ha tenido un bajo perfil, con diputados que nunca debieron abandonar su domicilio.
Y en el caso de Convergencia, Manuel Valencia Cardín, Presidente de la Gran Comisión del Congreso, ha fortalecido a su bancada con la incorporación de dos diputados: Julio Rodríguez Herrera (Verde Ecologista) y Flor de María Palomeque Barrios (PT).
Además, aparte de Manuel Valencia, esa bancada cuenta con un elemento muy valioso que en dos ocasiones aspiró a la gubernatura: Joaquín González Castro.
La bancada naranja se ha apuntado tantos valiosos, aprovechando el desconcierto que predomina en el resto de las bancadas que han sido caracterizadas por el divisionismo y la falta de estrategia.
Sin embargo, los logros de Convergencia en el Congreso local provocan urticaria en la dirigencia estatal de ese partido.







