Nuestro país destaca por los cambios frecuentes de camiseta entre políticos y aprendices involucrados en este oficio, quienes en muchos casos han tenido hasta cuatro o cinco cambios de piel, destacando los retornos a la casa original, necesariamente priista.
El espectáculo que está dando el señor Juan Ignacio “Chacho” García Zalvidea forma parte del inventario de la picaresca estilo caribeño, ya que este personaje tempestuoso fue lanzado a la política por el PAN, rescatado y postulado a la presidencia municipal de Cancún por los verdes dizque “ecologistas”, blindado con despliegue de oportunismo por el PRD cuando estaba sostenido con alfileres en la alcaldía y convertido finalmente en un paria que se obsequia en tiempos electorales, dominado por su descubierta pasión priista.
En realidad, el “Chacho” Zalvidea es un producto destacado de este sistema electoral que mantiene a flote a partidos que se rinden ante los hijos del escándalo, adictos al oficio más antiguo del mundo que tienen la capacidad de seducir a dirigencias amorales, como ocurrió en su momento con las del Verde Ecologista y del PRD, decididas a obtener triunfos aunque tuvieran que hipotecarle su alma al diablo.
El señor Chacho ha andado de flor en flor y de partido en partido, siendo recibido con todos los honores sin que alguna voz prudente se impusiera entre la algarabía.
Expulsado del Palacio Municipal de Benito Juárez, sometido a juicio político e inhabilitado, el Chacho Zalvidea fue la oferta estelar para la gubernatura de un partido que no es del montón, sino del PRD, cuyo candidato Andrés Manuel López Obrador tuvo casi en sus manos la Presidencia de la República.
El Chacho es en realidad un personaje, ya que fue defendido con rabia por la bancada del PRD cuando la guillotina estaba a punto de ser accionada en la recta final del gobierno de Joaquín Hendricks.
Dos veces inquilino de la cárcel municipal de Cancún, Zalvidea ejerció su poder de seducción en López Obrador, reforzando la campaña de Víctor Viveros Salazar en 2008, confrontado abiertamente con Gregorio Sánchez Martínez porque la candidatura no fue entregada a Marybel Villegas Canché.
El perfil de este digno exponente de nuestra picaresca es digno de análisis, ya que es indicador de la decadencia de un sistema de competencia electoral donde se valoran supuestas virtudes que generan votos, sin que los prudentes hagan un alto en el camino para rechazar el beso del diablo.
Zalvidea es un caso extremo, pero en nuestro escenario político predominan hombres y mujeres que han cambiado de partido con vocación de relámpagos, ya que amanecen como perredistas y los sorprende la noche en otro partido.
Hasta el PAN participa
Para muestra, los casos de Marybel Villegas Canché y Marcos Basilio Vázquez, quienes fueron diputados de la bancada del PRD en la anterior Legislatura y dieron un viraje a la derecha, amarizando en aguas azules. Imaginen la conversión de un católico al judaísmo.
En este caso en particular, la dirigencia panista perdió la seriedad que la caracterizó desde la fundación de ese partido, ya que comenzó a asimilar todo lo que se le ponga en frente, sin reservar el derecho de admisión. Y al final, aunque llegaron a ganar elecciones, el triunfo en realidad nunca les perteneció.
En algunos casos puede ser justificable la migración a otro partido, como ocurrió en el caso de José Hadad Estéfano, quien fue director de Finanzas del PRI local a mediados de los 90, cuando Esteban Maqueo Coral estaba al frente de ese partido hasta que fue lanzado como candidato al Senado, arrebatando la candidatura a Salvador Ramos Bustamante en 1994.
Pudo justificarse en el caso de Jorge Polanco Zapata, quien renunció al PRI porque no tenía cabida en el gobierno de Joaquín Hendricks, encabezando a principios de la década de 2000 uno de los proyectos más importantes a nivel de partidos alternativos: Convergencia.
Pudo justificarse en el caso del ex gobernador Jesús Martínez Ross, quien aceptó ser candidato de Convergencia a diputado federal en 2003, indignado por la postulación de Víctor Alcérreca Sánchez.
Sin embargo, en muchos casos predomina el nulo compromiso partidista y la adicción al cambio inmediato de camiseta, como ocurre en el fútbol de nuestro país.
Si los partidos perdieron la capacidad de conservar a sus figuras, como ocurre en democracias maduras, entonces estamos ante institutos de membrete de los que tiene que echar mano el aspirante para adquirir la categoría de candidato.
Salvo el PRI, partido que ha nutrido a Convergencia, PRD, PAN y Nueva Alianza, los partidos enfrentan una grave crisis desatada por chapulines que deambulan de partido en partido, despreciando en el fondo a quienes les han dado cobijo.
Los partidos políticos deben establecer un principio de orden, evitando asimilar a las primeras de cambio al primero que toque a sus puertas. Cuando esto ocurra, nuestro sistema de competencia se fortalecerá, ganando prestigio.
Requisitos para las APES
El Instituto Electoral de Quintana Roo aprobó el acuerdo relacionado con la convocatoria para el surgimiento de Agrupaciones Políticas Estatales (APES).
Se pide un mínimo de 6 mil 519 asociados –inútil presentarse con 6 mil 518 –, además de incluir un órgano directivo estatal y órganos de representación en al menos seis municipios, entre otros requisitos de rigor.
Unir a favor de una causa a 6 mil 519 asociados me parece una labor titánica, más no imposible. Sin embargo, creo que sudarían la gota gorda partidos como el PAN, PRD y el resto de la chiquillada, cuya relación de militantes es producto de la improvisación.
Sin ir más lejos, recordemos que el PRD incorporó a su padrón a Cora Amalia Castilla Madrid, cuando ella estaba al frente de la alcaldía capitalina.
Ciertos líderes partidistas pueden estar tranquilos, ya que este requisito de los 6 mil 519 asociados se pide a otros menos afortunados. En caso contrario nos quedaríamos con sólo dos partidos, cuando mucho.