Retorno de la Ideología
El fracasado modelo neoliberal está en decadencia en todo el mundo, particularmente en América Latina donde, con algunas excepciones, es abrumadoramente repudiado por casi todos los gobiernos de países que, hasta hace poco, sometían dócilmente sus políticas económicas a los dictados del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Los resultados de acatar servilmente los designios de esas instituciones financieras están a la vista: pobreza y miseria afectan a la enorme mayoría de quienes vivimos al sur del Río Bravo, con toda una secuela de desempleo, insalubridad, inseguridad y carencias en educación y vivienda. Adicionalmente, como ocurre desde hace 24 años en México, destruyeron a las clases medias que hoy prácticamente están desaparecidas.
Sin embargo, la devastación generada por las recetas neoliberales no se limitó al empobrecimiento de los pueblos. Para imponerse, distorsionaron también la función de los partidos políticos y relegaron al olvidó a los principios ideológicos que sustentaban la lucha política.
Hasta antes del arribo de Miguel de la Madrid Hurtado, primer presidente de la República formado en el pragmatismo neoliberal, la Ideología de la Revolución Mexicana era una referencia obligada en el discurso oficial. En torno de ella se establecían las posiciones político-partidarias y cumplir sus propósitos era la meta de los regímenes surgidos del Partido Revolucionario Institucional.
Para consolidar su avance, el neoliberalismo convirtió a la política en algo trivial. Asunto de mensajes televisivos de baja calidad pero alto impacto. Las propuestas fueron eliminadas al igual que una de las principales funciones de los partidos: la formación de cuadros políticos y administrativos para la función pública.
El debate de ideas y principios ha sido sustituido por emociones. En lugar de razonados argumentos, ahora se prodigan descalificaciones y, principalmente, el miedo y el odio al adversario.
A semejanza de las estrategias de Joseph Goebbels, ministro de Propaganda de Adolf Hitler, quien inculcó en los alemanes un irracional odio y miedo a los judíos, para justificar la represión y el holocausto que costó la vida de más de seis millones de personas, el neoliberalismo y, concretamente su brazo político en México, la derecha representada en el Partido Acción Nacional, basaron en el odio y el miedo a sus adversarios la propaganda de Felipe Calderón Hinojosa en la pasada contienda electoral por la Presidencia de la República.
Reconstruir la política
Es así que una de las primeras tareas que habrá de acometerse en América Latina, al declinar un modelo económico que sólo resultó eficaz en la tarea de fabricar pobres y miserables, está la de reconstruir las prácticas y los principios de la política como actividad destinada a procurar el bien común.
En primer término habría que modificar la lamentable situación en que se encuentran los partidos políticos. Los que por ahora están convertidos en estructuras huecas, sin principios que guíen su accionar. En ellas caben tanto militantes de larga trayectoria y convicción plena, como oportunistas que de un día para otro cambian de militancia, porque más que ideales los anima la conquista del poder para beneficio personal y a costa de lo que sea, incluso de la dignidad.
Al respecto debe admitirse que la desideologización de la política en nuestro país no comenzó con el régimen de Miguel de la Madrid, ni con la llegada de los tecnócratas neoliberales a las posiciones de decisión en el gabinete económico del gobierno federal. También que la degradación de los partidos no se inició en la década de los ochentas del siglo anterior.
La historia de ambos procesos tiene, entre otros, el antecedente de que a partir de que la televisión había irrumpido con fuerza extraordinaria en la vida nacional, en los primeros años de la década de los cincuenta del pasado siglo, dio principio la desideologización paulatina del pueblo mexicano, de sus prácticas políticas y hasta religiosas y culturales.
La televisión, que fue concebida por el general Lázaro Cárdenas del Río, presidente de la República de 1934 a 1940, como un vigoroso instrumento para impulsar la educación pública y la cultura nacional, pronto se convirtió en enajenadora de la conciencia de los mexicanos.
El entretenimiento a domicilio desvió la atención de los grandes problemas nacionales y en los hechos la televisión se constituyó en legitimadora de los actos de autoridad, por absurdos que estos fueran. Entre ellos, las matanzas del 2 de octubre de 1968, del 10 de junio de 1971, de Acteal, de Aguas Blancas, y tantas atrocidades más a las que se sumaron decisiones gubernamentales lesivas para los intereses del pueblo.
La verdadera democracia no puede existir en una sociedad con disparidades tan abismales como la nuestra. Lograrla es una meta histórica que será muy difícil de alcanzar, en tanto coexistan inmensas mayorías que se debaten por debajo de los niveles mínimos de subsistencia, con mexicanos catalogados entre los más acaudalados del mundo.
A la pobreza y la miseria se unen los bajos niveles formativos como factor de desigualdad y dominación. Quien no puede discernir entre las propuestas de los diversos partidos porque su instrucción y su cultura política no se lo permiten, otorga su voto alentado por emociones no por razones.
Son los partidos las entidades que dan cierto equilibrio a la lucha política, porque en ellos adquieren fuerza los grupos de uno u otro signo que, en otro contexto, no alcanzan la necesaria para defender sus intereses. De ahí que sea indispensable restituirlos en su función de conductores de la opinión ciudadana y del cambio social, con principios éticos, ideológicos y políticos que sustituyan al pragmatismo impuesto por el decante neoliberalismo.







