El Muro: tan lejos, tan cerca…
Ayer, finalmente el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, promulgó la iniciativa de gastos de seguridad interna de ese país que incluye una partida de mil 200 millones de dólares para la construcción de un doble muro a lo largo de los mil 600 kilómetros de la frontera con México.
El asunto no es menor, aunque para quienes vivimos en el sur, en los linderos de la otra frontera, frente al Caribe, podría parecer lejano y abstracto. No es así.
Para usar una imagen harto manoseada, la frontera norte representa para México una verdadera válvula de escape para los problemas de desempleo y pobreza, cuya existencia secretamente han agradecido durante las últimas décadas los gobiernos priístas y panistas.
Y no es para menos. Si durante tantos años, tantos millones de mexicanos no hubieran tenido la oportunidad de cruzar la frontera para trabajar de lo que sea en suelo americano para ganar el dinero que ni en sueños podrían obtener en México para mantener a sus familias, sólo Dios o el Diablo saben que habría pasado con este país.
Los migrantes, esos hombres y mujeres que toman la difícil decisión de dejar casa y familia para procurar el sustento de los suyos que en su tierra ya no encuentran, a riesgo de vejaciones y aun de la propia vida, son gente de lucha.
Con su salida (o sus salidas, porque muchos son los que van y vuelven al ciclo de las temporadas de cosecha del tomate y los viñedos de California, por ejemplo), México, paradójicamente, ha ganado y perdido a la vez.
Gana porque la tensión social se alivia y porque el dinero que reenvían los migrantes representa hoy por hoy la segunda entrada de recursos frescos al país por encima del turismo y sólo por debajo de lo que se obtiene de las ventas del petróleo.
Pierde porque esa poderosa fuerza social transformadora que representan estos mexicanos se dispersa y diluye para beneficio de gobiernos corruptos e ineficientes que, con menos presión social, pueden proseguir en su depredación y degeneración con un poco más de tranquilidad.
Así está México. Tan lejos de Dios, tan cerca de Estados Unidos, como dijo alguna vez Porfirio Díaz.
Por ello, la construcción del doble muro en la frontera norte, moderna muralla china para alejar los miedos de un gobierno, el de Bush, acosado por sus propios demonios, es una mala noticia para México y su gobierno, en este caso el del inefable Vicente Fox, y el del próximo presidente, el maniatado Felipe Calderón Hinojosa.
El cierre de la frontera, de modo irremediable, desencadenará (el verbo aquí es exacto) una serie de acontecimientos que muy difícilmente se pueden predecir, pero que seguramente tendrán largas y muy fuertes resonancias, sobre todo en Quintana Roo.
Quintana Roo, un oasis en el Caribe o el espejismo del empleo
Gracias a la industria turística, Quintana Roo pareciera un oasis dentro de la dura realidad mexicana porque hay empleo y eso es decir mucho. Ya es lugar común decir que aquí hasta al más jodido le alcanza para el pollo. Pero además, con mañas y habilidades, en este estado aún es posible progresar y hacer dinero, lo cual ya es muy difícil, sino imposible, en otras regiones del país.
Quintana Roo, pero especialmente las ciudades turísticas del norte del estado como es el caso de Cancún y Playa del Carmen, se han convertido en imanes para miles de personas que forman parte de esa otra corriente de inmigración, la interna, proveniente principalmente de los estados del sureste: Chiapas, Tabasco, Veracruz, Campeche y Yucatán.
Desde hace años, miles de mexicanos han llegado a Quintana Roo y, al igual que los que cruzan a Estados Unidos, se han quedado buscando hacer realidad su propia versión de sueño americano, más cercana, más accesible, más familiar.
Guardando todas las proporciones, es válido decir que Quintana Roo es la válvula de escape a muchos de los problemas de pobreza y desempleo del sureste de México. Pero el estado visto como un oasis del empleo puede ser un espejismo, porque aunque hay trabajo, no lo hay para todos y el crecimiento desproporcionado de destinos como Cancún y la Riviera Maya también está acelerando las contradicciones.
En Playa del Carmen, donde cada semana arriban miles de empobrecidos chiapanecos para trabajar en la industria de la construcción aunque sin encontrar el empleo prometido o añorado, es fácil ver que algo está fallando. Los chiapanecos se la pasan deambulando por la ciudad, a veces sin comer, duermen a la intemperie o hacinados en cuartuchos o campamentos, y no son pocos los que han terminado pidiendo ayuda en el Ayuntamiento para regresar a sus hogares porque no encontraron trabajo.
El gobierno municipal de Carlos Joaquín González, incluso, ya tomó medidas para inhibir la llegada de más chiapanecos, con la revisión de los permisos y seguros de los autobuses de segunda clase que han hecho un negocio del transporte semanal de trabajadores desde los poblados de Chiapas y Tabasco. Pero la inmigración ya no la detiene nadie.
Con la construcción del muro en la frontera con Estados Unidos está claro que la problemática sólo irá en aumento.
De los yerros de Fox al gobernador del empleo
El presidente Vicente Fox, por supuesto, no es el culpable original de la pobreza que ha afligido a México y del flujo y reflujo de inmigrantes, pero con su incapacidad política y social no sólo es responsable de que el problema se haya agravado (¿dónde está el millón de empleos que prometió crear cada año?) sino también se le puede achacar el deterioro de la relación bilateral y diplomática con Estados Unidos que finalmente fue lo que decidió que el presidente Bush aprobara la construcción del muro fronterizo.
Sin embargo, informado por algún asesor medianamente entendido sobre las implicaciones que traerá el cierre de la frontera con Estados Unidos, el presidente Fox se ha querido curar en salud y en una de sus últimas visitas a Quintana Roo no paró en elogios y reconocimiento para esta tierra como proveedora de trabajo, alentando las esperanzas de muchos mexicanos de que aquí pueden encontrar solución a sus problemas.
Al Félix González Canto, incluso, lo llamó “gobernador del empleo”, lo cual no debió haberle hecho gracia al cozumeleño si es que sabe lo que le espera.
Como ya no se puede cruzar a Estados Unidos, vengan a Quintana Roo; no es Tabasco pero es un edén. Ese pareció ser el mensaje. Buena forma de escurrir el bulto.
¿Qué le espera a México y a Quintana Roo con el cierre de la frontera norte? Es difícil decirlo, pero no sería temerario pronosticar que la olla de presión en que estamos inmersos, ya sin su mayor válvula de escape, empiece a rechinar y termine por reventar como ya está ocurriendo en Oaxaca por cuestiones políticas o en muchas ciudades del norte, tomadas por la violencia y la inseguridad del narcotráfico.
Podría decirse que en los megadesarrollos turísticos que se están construyendo en la otra frontera, frente al Caribe, hay una respuesta. Aunque sea parcial y momentánea, pero respuesta al fin y al cabo. Al menos eso es lo que se piensa en el gobierno federal.
Pero también podría ser que en los nuevos asentamientos humanos de miles de inmigrantes mexicanos, sin servicios y con calles virreinales (de polvo y lodo, pues), se esté incubando el huevo de la serpiente que, como se dice coloquialmente, termine por matar a la gallina de los huevos de oro y entonces sí ya no habrá ni para donde moverse.
Una frontera cerrada sólo agravará los problemas de México y Quintana Roo, de eso no cabe duda.
Posibles respuestas:
- William Conrado
- Gustavo Maldonado
- Ignacio Bermúdez








Comentarios
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Publicado por: mp3 ringtone | Junio 27, 2007 10:11 PM
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Publicado por: mp3 ringtone | Junio 27, 2007 10:12 PM